Capítulo III - Sirviendo en la frontera
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Yo llevé un moro de número
¡sobresaliente el matucho!
Con él gané en ayacucho
más plata que agua bendita:
siempre el gaucho necesita
un pingo pa fiarle un pucho.
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Y cargué sin dar mas güeltas
con las prendas que tenía:
jergas, ponchos, todo cuanto había
en casa, tuito lo alcé:
a mi china la dejé
medio desnuda ese día.
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No me falta una guasca,
esa ocasión eché el resto,
bozal, maniador, cabresto,
lazo, bolas y manea...
¡el que hoy tan pobre me vea
tal vez no creerá todo esto!.
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Ansí en mi moro, escarciando,
enderecé a la frontera.
¡Aparcero si usté viera
lo que se llama cantón!...
Ni envidia tengo al ratón
en aquella ratonera.
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De los pobres que allí había
a ninguno lo largaron,
los más viejos rezongaron,
pero a uno que se quejó
en seguida lo estaquiaron,
y la cosa se acabó.
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En la lista de la tarde
el jefe nos cantó el punto
diciendo: quinientos juntos
llevará el que se resierte;
lo haremos pitar del juerte,
mas bien dese por dijunto.
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A naides le dieron armas,
pues toditas las que había
el coronel las tenía,
sigún dijo esa ocasión,
pa repartirlas el día
en que hubiera una invasión.
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Al principio nos dejaron
de haraganes criando sebo,
pero después... no me atrevo
a decir lo que pasaba...
¡barajo!... Si nos trataban
como se trata a malevos.
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Porque todo era jugarle
por los lomos con la espada,
y aunque usté no hiciera nada,
lo mesmito que en palermo,
le daban cada cepiada
que lo dejaban enfermo.
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¡Y qué indios, ni qué servicio;
si allí no había ni cuartel!
Nos mandaba el coronel
a trabajar en sus chacras,
y dejábamos las vacas
que las llevara el infiel.